30 de octubre de 2017

Cuento de ultratumba




Este viejo cementerio del pueblo parece haber quedado en el olvido. 
Verle desolado es recordar aquel escenario del también viejo teatro
desaparecido bajo las brutales llamas de un feroz incendio.
Cada noche suelo ser testigo de una macabra escena, tan peculiar por
ser de amor y no de horror, más que causarme terror, es pena por lo 
que soy testigo.
No todos los muertos asustan y menos los románticos de pasadas épocas.
Sobre las madrugadas comienza aquel penar de dos almas en busca de
su descanso eterno; La misma naturaleza juega un papel como tramoyista,
dando un toque especial a la escena, imagino aquella ópera donde mi papel
era protagónico.

Un calador frío acompañado de una densa niebla que desciende como manto
sobre las copas de los árboles; rayos de luna se filtran por la misma dando
el toque perfecto de luz que una escena teatral requiere.

Acto seguido, una lápida de cantera se desliza sobre la vieja y mohosa tumba
abandonada; surgiendo el primer actor al escenario ascendiendo por las
escaleras, hasta salir de allí.
Un amor no consumado tenía a este personaje en eterno penar sin descanso.
Haraposo, con su desgarradas ropas en tiras que cubrían aquel esquelético
cuerpo; un traje de capitán marino para ser exacto.
No se hacía acompañar con aquel típico loro posado sobre su hombro,
una fea y gran tarántula ursupaba la actividad del desaparecido loro.
Además con esa pena quién tendría ganas de hablar con  el ave.
Su silueta iluminada por la luna recorría el pasillo principal hasta otra tumba
donde solía sentarse y esperar.

No todas la brujas vuelan en escoba bajo la luna y riendo a carcajadas.
No esta en especial. 
Hacia su aparición en medio de la niebla por entre los rayos penetrantes,
Volaba de un lado a otro, deambulaba sobre el cementerio en una forma de 
luz, como si un astro bajara del cielo sobrevolando el lugar.
No lo se, siempre ha sido mi duda desde que les miro; ¿se reconocerán?
Ella solo vuela y el se limita a verla sentado y de hombros caídos, solo
contempla el espesctaculo en medio de la nada.
También yo contemplo la escena como cada madrugada y mis recuerdos
divagan sobre el viejo teatro.
Pero dejenme les cuento el contexto de la escena, todo apunta a una trágica
historia, como de novela tiempo atrás.

Una bella mujer enamorada de un joven capitán marino, siempre leal le esperaba
en cada arribo en sus regresos de alta mar.
Él le profesaba un gran amor también, y todo marchaba envuelto en felicidad.
Hasta que llegó el día trágico donde el partió una vez más al océano, pero ya 
estaba predestinado el fin.
Aquella despedida tuvo un sabor raro, como un hasta nunca, auguraba malos
tiempos y dos almas en eterna pena.
La joven aprendió y descubrió que con ciertas pócimas caseras se podía 
controlar ciertos malestares en las personas. Así que su fama no se hizo esperar.
La noche en que el capitán volvía para su reencuentro, la dama fue acusada de
herejía, de hechicera y como todas las brujas debía morir.
Durante su muerte en la hoguera nunca dejo de pensar en él jurando amor
eterno.

En alta mar y a su regreso el joven era preso de un presentimiento que inquieto
le tenía; apresuraba su arribo a puerto, pero este no se dió.
El destino no le permitió llegar. Un barco enemigo ataco su galeón para robarle
y en lucha campal entre tripulaciones el galeon sucumbio, hasta hundirse al fondo 
de aquellas aguas, y su capitán se fue al fondo junto con él. 
Así sucedieron los hechos en aquella trágica noche, ninguno se entero que ambos
partian al mismo tiempo.

Por unos minutos más aquella luz sobrevolo por el cementerio  hasta que se fue
desapareciendo en medio de la neblina espesa. El cadadver se levantó de la tumba
y acariciando su mascota lento y cabisbajo se dirigio a su tumba, el lugar de su eterno
descanso, el mismo que no llegó para ninguno de los dos desde aquella despedida.
Cae la madrugada, la niebla de discipa, como si el mismo telón bajara como final
de la función.
Y esa es la escena que madrugada a madrugada miro desde mi rincón, no todos los
muertos asustan, ni todas las brújas vuelan en escoba bajo la luna.

 ¿Quién soy yo?
No tiene importancia, me converti en guardian y cuidador del cementerio. En mi
tiempo fuí actor; mi pasión por la actuación y escritor de obras, mismas que se
presentaron con gala en aquel viejo teatro que consumido por el fuego sucumbió
sin que pudiera salir a tiempo del lugar.
También muerto soy, pero esa es otra historia.

                                                Xavier H.©

                 















2 comentarios:

  1. GENIAL!!! Un relato sensacional Xavier, enhorabuena querido amigo por tan excelentes letras. Abrazos.

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    1. Me alegra que así lo percibas estimada Marina. Gracias por detenerte a leer.

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