![]() |
imagen de la web |
El casero tenía cierta idea acerca
de su viejo reloj; ese que colgaba sobre la pared en la chimenea, creía que
llamaba tanto la atención en todo momento al entrar o salir de la sala por el solo hecho de haber pertenecido
al abuelo.
Un vaivén paciente y rítmico de su
péndulo, una caratula antigua que
pareciera sonreír gentilmente; adoraba tanto a esa reliquia familiar.
Más no sabía que la sonrisa era
meramente sarcástica, burlona y de advertencia.
Cada ir y venir del péndulo
significaba una pala de tierra extraída de aquel agujero destinado a su
persona; la paciencia se debía porque el reloj conocía lo perfecto de su tiempo
y llegaría el momento en que aquella tumba estuviese lista.
Sería ese el día, se detendría para
su dueño, más no para los demás.
Continuaría su paciente labor
preparando una próxima tumba y que sería para el siguiente miembro de la
familia.
Xavier
H.©
Me ha parecido una bella alegoría de la existencia temporal de nuestras vidas, representada por ese mensajero de la muerte, que no es otro que el reloj o el tiempo.
ResponderBorrarVivimos intentando apartar de nuestra mente ese instante efímero que supone nuestra existencia, pero lo cierto es que todos tenemos una fecha límite de caducidad.
Un abrazo.
Me has recordado a esos relojes de antiguamente colgados en la pared que tanto ruido hacían, a mi nunca me han gustado por ese molesto ruido que hacían.
ResponderBorrarY el tiempo continua y somos instantes en una vida efímera.
Besos.